“El sueño” por Pablo Lorente Muñoz

  • Home
  • /“El sueño” por Pablo Lorente Muñoz

 

En el sueño, una persona muy parecida a él está en una plaza muy similar a la que bien conoce. Al fondo, un paisaje muy parecido al que contempla a diario lo sorprende porque todo lo demás le es del todo ajeno.

La persona muy parecida a él lleva en la mano un extraño artilugio negro y alargado que emite destellos y ruidos abominables. La persona muy parecida a él va vestido con prendas que nunca antes ha visto; en los pies calza unos protectores para los pies demasiado blancos y bellos como para ser verdad. Hay caos, y cosas tan sorprendentes que no les puede poner nombre. Como cada vez que se enfrenta al familiar sueño, los ruidos y los gritos de la gente lo despiertan; ve muertos por doquier. Siente miedo.

Esa noche, tras el sueño habitual y repetitivo, incognoscible y sin solución posible de discernimiento, sale del lecho y siente frío, mira por la ventana y solo escucha el silencio de una oscura noche; no se ve una luz en toda la contornada.

Está intranquilo, no sólo por el sueño sobre la persona tan parecida a él mismo que lo inquieta, sino también por la reunión a la que ha sido convocado dentro de unas horas. Ha oído noticias, rumores, pero no les ha prestado atención, le ha parecido insignificante, “¡qué más da! ¿Cómo eso puede ser malo para nadie?”, piensa.

Ha pasado el día intranquilo y ha desatendido sus obligaciones, nadie le ha molestado en sus aposentos. Sus hijos han salido a practicar con las armas y luego a montar a caballo con el teniente, como es habitual. Su mujer le ha saludado y luego se ha retirado a rezar. Él ha estado encerrado todo el día, pensando.

***

¡Qué inicio más fantástico! Esto lo he bordado, el problema es continuar el relato, siempre igual. Pienso que tengo una idea brillante y la idea se me desvanece en unas pocas líneas. Claro, yo sitúo la narración en el Toledo del año 1170, así, a las bravas, y luego qué.

Tantas limitaciones… El problema es que no tengo ni idea de qué leches hacía la gente en ese año, ni qué les preocupaba, ni qué comían, ni cómo pasaban el rato. Son demasiadas dudas. Si fuera un escritor como Dios manda lo tendría claro, haría una investigación histórica en condiciones, leería libros sobre la Edad Media y sus costumbres… tantas cosas. Pero no, es mucho más entretenido fingir que sé algo, siempre fingir, y mentir, que no se note mucho, claro.

Y estos de Toledo quieren que escriba… ¿el qué era? No sé, no me acuerdo ahora mismo de la extensión que proponen, claro, como si fuera fácil. No tengo ganas de nada, ni siquiera de escribir, como para ponerme a mirar las bases del concurso. Es que no son horas. ¡Qué pereza! ¿Tú te crees que a las 16,23 de un 20 de junio se puede estar intentando escribir un relato sobre Toledo y las tres culturas? La llevan clara.

            ¿Por qué escribo? ¿Por qué lo sigo intentando? No tengo ni idea, ni ganas, pero aun así, escribo. Misterios incognoscibles.

Supongo que escribo porque me gustó Toledo, aunque es una razón de muy poco peso. También podría escribir sobre Bratislava, o Segovia, o Veliko Ternovo, o sobre Nueva York, o sobre Samper de Calanda, o León, o Sallent de Gállego, así que no es una razón de peso. A lo mejor es por el dinero, pero bueno, el dinero es la única cosa en el mundo que nunca es suficiente, y aunque ganara todos los premios de relatos del mundo tampoco significaría gran cosa, con eso no me retiro, seguro.

Quizá sea por la gloria, o la inmortalidad del escritor o pamplinas así, pero me han dicho que nadie lee casi nada y que todos los alumnos sin excepción, de cualquier nivel del sistema educativo, odian la Literatura a muerte, así que lo mismo me podría dar. Y aun con todo escribo.

            Bueno, a ver qué hago con el personaje este… Vale, sí.

***

A la hora convenida se ha puesto una capa oscura para que la luz de la luna no delate su rostro ni el camino a seguir. Se desliza por entre las sombras, sube desde el río, pasa por la iglesia de Santa María y por la plaza de la Cruz. Al rato golpea la puerta de los baños, cerrados por las noches, pero que como él espera, se abre como por arte de magia.

Juan desciende por unas escaleras, un tramo, luego otro. Conforme va descendiendo nota la humedad del ambiente, también la placidez de los sonidos acuosos y, sin saber por qué, recuerda o cree recordar algo que nunca ha vivido.

En un rincón, iluminados por varias antorchas, varios de sus amigos de toda la vida, sin embargo, nada hay en sus rostros que recuerde la cordialidad de otros momentos. Están nerviosos, y Juan, como se temía, siente que su lugar no es de ese mundo, y que debería estar en otro lado. Por doquier se nota el aroma de la traición.           Pedro de Zocodover toma la palabra. Es soberbio, avaro y mezquino, pero no por ello deja de creerse el mejor cristiano de la cristiandad. Es inculto, y eso es todavía más peligroso.

Utiliza la palabra “hermanos” para comenzar su alocución, y eso pone sobre aviso a Juan, que no ha tenido nunca hermanos carnales, pero sí muchos hermanos de armas. Ya está viejo para el arte de la guerra, pero sabe reconocer el valor cuando lo ve, también la virtud, y allí, esa noche, todo está demasiado oscuro como para reconocer ninguna de esas virtudes.

“Hermanos”, continúa Pedro, “no podemos permitir que se insulte nuestra fe”, dice. Y Juan, automáticamente piensa que nunca ha visto a la fe mover una espada, pero que sí ha visto morir a miles de hombres asaeteados y rajados en nombre de la fe. Cuando oye esas palabras piensa que todos los muertos se parecen una barbaridad.

Pedro explica que Domingo Gundisalvo, el nuevo arzobispo de la ciudad, el extranjero, ha creado un proyecto para construir la más bella y completa biblioteca de occidente en la catedral, una escuela catedralicia. Una “biblioteca llena de libros heréticos”, dice el felón, insistiendo con mucho ahínco en las palabras, como si el eco de la bóveda de los baños no fuera bastante ya. “Una biblioteca en donde las enseñanzas de los paganos se van a traducir a la lengua de Castilla para corromper nuestras costumbres”, afirma con la voz atronadora de la ignorancia.

***

Pérez-Taybilí se llama el concurso. ¿Es una persona, son dos, es la encrucijada de culturas de la península? ¿Será Ibrahim, el escritor expulsado? ¿Pensaría en su destierro en los paisajes de Toledo? ¿Echaría de menos su casa? ¿Su idioma? ¿En qué idioma hablaría en su casa, con su familia, con sus amigos? ¿Cuántas lágrimas derramaría? ¿Seguiría leyendo en castellano o abandonó el idioma para siempre? ¿Cargaría en el exilio con los libros que había comprado? ¡Cuánto dolor!

Le preguntaré a Google, quizá obtenga respuesta a algunas de estas cuestiones. Entre 3 y 6 páginas, culturas y baños, o culturas o baños, madre mía ¡qué suplicio! ¡Por favor! Mira que podría haber hablado de cosas: de los papeles de Cide Hamete Benengeli, de las leyendas becquerianas, de alguna cosita así… de un Aleph escondido en alguna sinagoga por descubrir, del Greco y las pinturas mágicas escondidas en el campanario de alguna iglesia, de un tesoro musulmán radicado en un libro escrito por un escribiente que escribe la historia de un escribiente que, a su vez, escribe la historia de alguien parecido a él… yo qué sé, pero no, tenía que ponerme a escribir sobre un toledano del año 1170 que tiene un sueño repetitivo, soy un fenómeno de la originalidad. En fin.

Eso, que ya he encontrado las bases, y cómo voy a continuar yo esto. Veamos.

***

Juan se marcha a su casa apesadumbrado esa noche y horas más tarde tiene de nuevo el mismo sueño. En esta ocasión solo ve muertos, no entiende por qué yacen puesto que no ve flechas clavadas, ni cotas de malla, ni espadas, ni corazas o escudos, tampoco hay lanzas, ni picas, ni venablos. El sueño no se detiene como en otras ocasiones y una persona muy parecida a él se acerca a ver un cadáver; de repente se ha hecho el silencio y, a pesar de que sabe que los ruidos continúan, no alcanza a oír gemidos ni lamentos.

Se acerca a ver a un muerto y sólo ve un agujero perfecto del que mana la sangre en el centro de la frente. Luego se fija en que todos los demás cadáveres presentan más o menos el mismo aspecto, y siente miedo de nuevo. Mira el objeto que tiene entre las manos y siente que humea, y se siente poderoso, pero por equivocación coloca la mano cerca de la boca del monstruo, y se quema. Despierta y sufre toda la noche, con estupor contempla la quemadura en la mano derecha.

Ese día lo pasa pensando en lo que ha escuchado en los baños, y duda, porque el alma del ser humano es volátil e influenciable. “¿Tendrá razón Pedro? ¿Tan malo es ese proyecto en la Catedral?”

Luego duda: “¿de qué forma podría ser malo? La guerra es mala, el hambre, la enfermedad, pero de qué forma puede ser malo que los cristianos lean cosas escritas por paganos, por griegos, judíos, musulmanes, qué más da, ¿cómo puede ser malo eso? ¿Cómo puede ser malo que la gente sepa leer y escribir? Mejor dicho, ¿cómo se puede existir sin saber leer o escribir?”, piensa una y otra vez.

Repasa con la vista su biblioteca, de la que tan orgulloso se siente. Hay cuatro ejemplares, costosísimos y bellos. Disfruta leyéndolos cuando le es posible, y el mero hecho de poseerlos y saber desentrañar las palabras copiadas con esmero le hace sentirse privilegiado.

Los conjurados no han estado de acuerdo en organizar el asesinato de Gundisalvo, al fin y al cabo, él es solo una persona, y la iglesia una y trina y todopoderosa. Enseguida llegaría alguien con similares ideas, si no peores, por no hablar de las investigaciones que se pudieran llevar a cabo y que les podrían costar, sin duda alguna, la vida. Así que han decidido quemar la escuela catedralicia con los códices, los manuscritos, las tintas, los pergaminos, todo.

Ha habido dudas, recelos, pero la vehemencia de Pedro ha podido con las voluntades, por muy bondadosas que estas fueran. Incluso Juan no ha rechistado, sólo ha asentido.

Esa noche se debe decir quién llevará a cabo la quema de los libros, pero Juan no deja de darle vueltas a la idea. Recuerda que un sabio le contó una vez que Almanzor, el gran caudillo moro, tras tomar Córdoba ordenó quemar la biblioteca del califa al-Hakam II. Se dice que la biblioteca tenía 40 000 volúmenes, y aunque Juan no cree que puedan existir tantos libros en el mundo, siente pena y un gran vacío en el corazón por tantas conocimientos convertidos “en humo, en polvo, en sombra, en nada”.  ¿Cuántos secretos para el futuro se habrán perdido? ¿Cuántos secretos se perderían ahora?

La decisión está tomada.

Juan se emboza en su capa una vez más y recorre un camino similar al de la noche anterior. Llega a la misma puerta que la noche anterior, la golpea de igual manera y, como si el tiempo se hubiera detenido para siempre, llega de la misma forma al mismo lugar en donde le esperan las mismas personas.

Pedro de Zocodover insiste en la idea de la noche anterior y ofrece a uno de sus esbirros para realizar la tarea de prender el fuego, sin embargo, no será tan fácil como era de prever. Hay religiosos rezando toda la noche y velando al Santísimo, así que, quizá, otro de sus hombres deberá acallar a algún religioso, “nadie lo puede saber, nunca”, insiste, y amenaza de forma velada. Luego, y puesto que él asume todo el riesgo, les pide una no pequeña cantidad de oro por realizar el trabajo que salvará las almas de los habitantes de Toledo de la infamia herética de las palabras escritas en la piel, y evitará que el heresiarca contamine su destino glorioso y sus almas.

Uno de los conjurados refunfuña, nadie habló nunca de que tamaña empresa les fuera a costar ningún denario, pero Pedro le ofrece llevar a cabo la fechoría salvadora, a lo que el otro responde humillando la cerviz. Otro muestra su acuerdo y lo sella con un apretón de manos a Pedro. Luego, todos siguen su ejemplo. Cuando llega el turno de Juan, quien en todo momento ha estado taciturno y melancólico, este se acerca a Pedro y nadie le presta demasiada atención, pendientes como están de regresar a sus hogares para disimular sus canallas intenciones.

En un momento dado, uno de los soldados que escolta a Pedro ve un brillo moverse en dirección a su amo, le sorprende la rapidez de movimientos del anciano. Cuando quiere reaccionar tiene una daga clavada en la carótida. Apenas grita. Uno de los conjurados se quiere girar para ver qué provoca el ruido tan parecido a un cuerpo cayendo al suelo, pero algo le rebana el pescuezo. El que hay más delante de él, y que ya se dirigía a las escaleras para subirlas, cae a uno de los depósitos de agua, que en poco rato se tiñe de rojo. Algo similar pasa con el señor que le precede, y con el último de los conjurados, que ha intentado correr con poco éxito.

Al rato, Juan, embozado de nuevo en su capa, llega a su casa, se lava las manos y piensa, de nuevo, en lo mucho que se parecen todos los muertos.

Esa noche duerme como un tronco y nunca jamás vuelve a tener el sueño en el que una persona muy parecida a él está en una plaza muy similar a la que bien conoce.